MADEINBARNA ESTÁ EN IMPRENTA

El motivo por el que no he subido ningún capítulo desde hace bastantes meses es porque he llevado el blog a formato libro. ¡Mi primera novela!


Aquí está el link para adquirirlo: www.madeinbarna.com

¡Gracias! 


38. Cagarte en todo y que te entiendan.

Al día siguiente y, de nuevo ante todas las mujeres del mostrador de la Agentur für Arbeit, esperas tu turno pacientemente. Al entrar por la puerta, intentas adelantar por el pasillo a una señora de unos sesenta años, de aspecto alemano-ruso, de medio metro de estatura y entrada en carnes, vestida de negro y con zapatillas ortopédicas. La señora usa gafas de mucha graduación y tiene el pelo largo, grueso-estropajo, rubio y canoso y enredado en una trenza que le llega hasta el culo, muy ancho y plano. Además, usa mucho spray fijador porque todo el cabello lo tiene pegado a la coronilla y el flequillo, más que un flequillo, parece un trozo de lija rectangular pegado a la frente.
Como la señora se da cuenta de que la intentas adelantar, [...] Si quieres seguir leyendo, puedes conseguir el libro en www.madeinbarna.com ¡¡RESOLUCIÓN DE LA HISTORIA Y CAPÍTULOS INÉDITOS!!




37. Resfriados, avispas, funcionarias y chicos de última hora.

Te despiertas en tu cama con el resfriado más grande de los últimos tiempos. Es tan grande que ha cobrado vida propia y ha decidido dormir contigo todos los días desde hace ya un par de semanas. Pero, pensándolo bien, al menos duermes con alguien. De tanto sonarte, crees que te van a salir los intestinos por la nariz. Pero en su lugar, sólo salen mocos verdes. Mierda, son verdes.
“Eso es que hay infección”.
Tu conciencia te recuerda las palabras de tu abuela. Observas un rato el pañuelo, lo arrugas y lo colocas sobre la montaña de pañuelos que se ha formado en el suelo, al lado de tu cama. ¿Por qué tienes que pasar tus últimos días en Berlín enferma? ¿Por qué ahora, que ya no tienes seguro médico? ¿Por qué?
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36. El beneficio de la duda

Estás demasiado poco inspirada para todo lo que te propongas. Entre el invierno prematuro que ensucia el cielo de gris y te vuelve más perezosa que nunca, la poca gracia de los alemanes y el saber que el amor de tu vida pasa completamente de tu cara, has perdido por completo el apetito sexual. A veces tienes citas, aunque nunca sabes como llamarlas porque al final siempre acabas volviendo sola a casa. Te horroriza la idea de tener que comenzar. Cualquier comienzo que pueda tener un final en una cama desconocida y al día siguiente volver a ser la desconocida de alguien, con quien has compartido algo tan íntimo como el sexo. No. No quieres. No crees en la idea de los “follamigos”. Los “follamigos” no existen. Siempre hay alguien que acaba pillándose los dedos. Emborrachándose de deseo. Del más, quiero más. Y siempre está el otro que no se lo puede dar. O simplemente no quiere.

Por eso, desde hace un tiempo, has decidido no dormir en casa de desconocidos. Ni siquiera intentarlo. Dejar de hacer cualquier pequeña cosa que te haga sentir el más mínimo apego. Nada de citas con final feliz. 

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35. El futuro que no existe

Si tuvieras que enumerar la cantidad de cosas que has aprendido en Berlín, no serían muchas, aunque suficientes. Para empezar, aprender alemán es todo un logro ya en si mismo. Pero dejando a parte la barrera del idioma, con la que todo inmigrante se va a encontrar al llegar a un país extranjero que no comparte la misma lengua, el viaje espiritual no lo podrías haber logrado de ninguna otra manera. Crees que al volver a Barcelona se te van a erizar los pelos, porque todo está peor, porque todo es una mierda, porque nada funciona, porque el gobierno ha hecho ésto y ha hecho lo otro, y ahora ha salido éste que roba y el de más allá que también...

Eres de las que crees que la campaña publicitaria del gobierno para vendernos la crisis ha sido lo único resultoso que ha conseguido (a parte de cabrear a más de medio país). La gente se ha comido con patatas que hay crisis y que, frente a la crisis, el ciudadano está completamente al servicio del empresario, de los bancos y de una legislación que queda muy lejos de la protección y del servicio a la ciudadanía. Cuando hablas con tu padre, él te dice que es normal que a los veinte años se tenga el espíritu revolucionario. Pero que a los sesenta uno lo pierde por completo. Entonces le dices:

: Pues precisamente es por eso por lo que ese gobierno de ahora debería abandonar el poder inmediatamente. Porque no tienen ganas de luchar y porque son viejos. Porque, ¿a caso tienes idea de lo que me motiva? ¿Si no lo sabes tú, que eres mi padre, cómo lo va a saber toda esa clase política vejestoria, hijos de una generación que está a años luz de la mía? Nos habéis vendido un futuro que no existe. Crecimos en la abundancia de una joven democracia que nos vendió un futuro que, a la hora de la verdad, no existe. Nos alimentamos de sueños. Soñamos que podíamos ser astronautas y no existe tal posibilidad. ¿Y ahora qué? Ahora tenemos que irnos a otro lado a buscar un maldito trabajo y empezar nuevamente de cero. Volver a gastar un par de años de mi vida sirviendo bocadillos y cafés intentando encontrar una nueva motivación que no necesito, porque yo siempre supe lo que quería ser de mayor. Sin embargo, a mis veintiséis años me planteo mi futuro cada vez que me levanto de la cama, cuando se supone que eso ya tuvo lugar hace muchos años. Y lo hago porque todos mis sueños, todas las posibilidades que me brindaron, eran en realidad una gran mentira.

Tu padre: ¿Y qué culpa tengo yo?

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34. Un vestido fucsia.

: O a Cuba.

Conciencia: ¿A Cuba?

: Sí, a Cuba.

Conciencia: Pero, ¿por qué?

: Porque siempre he querido pasear de noche por las calles de La Habana con un vestido rojo como el de Carla Gugino en el videoclip de “Always” de Bon Jovi.

Conciencia: Es más bien de color fucsia.

: Lo que sea.

Conciencia: Carla Gugino actúa en Californication, ¿no?

: Sí. Es la abogada de Hank Moody.

Conciencia: Hank Moody...

: Oye. Te he dicho que no me lo recuerdes.

Conciencia: ¡Hank Moody!

: Cambia de tema.

Conciencia: De acuerdo. “Él”.

: ¡Joder!

Conciencia: ¿Qué?

: Pues que si no paras de recordármelo no puedo avanzar.

Conciencia: Pero si te vas a ir a Barcelona a buscarlo.

: ¿En serio crees que me voy a ir a Barcelona sólo para buscarlo?

Conciencia: No sé, eso es lo que has dicho.

: Sabes mejor que yo que no soporto Berlín. No soporto las ambulancias que me dejan sorda. No soporto el techno, las cacas de perros (pisar las cacas de perros consecuentemente, también entra en la lista negra), la suciedad, la hipocresía hipsteriana, los snobs, los pihippies, los neonazis, los vegetarianos, los veganos y mucho menos los estúpidos bioecologistas... y la jodida burocracia.

Conciencia: ¡Pero si tú eres vegetariana! ¡Y ecologista! ¡Y el Estado te va a pagar la mitad de tus estudios de verano!

: Yo soy vegetariana porque adoro a los animales. Y llevo un año trabajando. Tengo derechos sociales, que pa' eso pago impuestos.

Conciencia: Eres muy rara.

: Ya deberías haberte acostumbrado.

Conciencia: No me extraña que Él no haya querido nunca nada contigo.

: Yo tampoco quise nada con Él.

Conciencia: Hmmm... ¿Discrepo?


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33. Sobre no perder el tiempo y otras cosas de valor.


Barcelona-Roma, madrugada de un día de febrero de 2013. Conversación vía Whatsapp:

: podemos hacer varias cosas.
Él: ¿Cuales?
: Opción a) Podemos seguir hablando, como si nada. Seguir fingiendo que tenemos algo cuando no es verdad. Y, mientras, seguir acostándonos con otras personas; opción b) podemos dejar de hablarnos para siempre; u opción c)...


(Silencio)

Él: ¿c?
: Da igual. No es importante.
Él: Elijo la c).
: ¿Por qué?
Él: Porque si la has dejado para el final es porque para ti es importante y, por lo tanto, llama mi atención.
: Lo siento, pero la opción c) está fuera de servicio.
Él: Me da igual. Quiero la opción c).
: No puede ser.
Él: Por favor. 
: ¡¡NO!!
Él: Va bene. Entonces, ¿cuál propones?
: Yo propongo la opción b. Esta historia nuestra no tiene sentido. No podemos seguir pretendiendo que no hay nada entre nosotros. En cierta manera es cierto, no hay nada... Pero...
Él: lo sé...

(Silencio)

: ... me gustaría alargarlo pero estaría mintiéndome a mí misma. No sé cuándo te voy a volver a ver... Así que no tiene sentido seguir hablando por aquí. Es inútil. Prefiero la opción b) porque al menos no dejamos que la cosa decaiga por el paso del tiempo. 

(Silencio)

Así que supongo que deberíamos dejar de hablarnos ahora... :(
Él: Sí. Yo también lo supongo.

(Silencio)

: Pues... No sé, creo que me voy a despedir dándote las buenas noches y deseándote los buenos días para mañana. Así me adelanto y ya no tengo excusa para volver a escribirte.
Él: :)
: “Buonanotte e Buon Giorno”.
Él: Buonanotte e Buon Giorno, bella.
: Brutto.

Madrugada del día siguiente:

: Mi manchi... Vorrei averti qua. (Te echo de menos, me gustaría tenerte aquí).
Él: Anche io vorrei essere là. (A mí también me gustaría estar allí).
: Vieni a Berlino con me. (Ven a Berlín conmigo).
Él: Dammi tempo. Magari tra un paio di mesi ci ritroviamo alla Friedrichstrasse. (Dame tiempo, quizás en un par de meses nos reencontramos en Friedrichstrasse).

Hoy. Julio de 2014. Un año y medio después.

“La più consistente scoperta che ho fatto pochi giorni dopo aver compiuto sessantacinque anni è che non posso più perdere tempo a fare cose che non mi va di fare”. La Grande Bellezza, Paolo Sorrentino.

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32. A propósito del nacionalismo.

Y hoy, entre taladros del vecino y esa brisilla de verano que entra por la ventana, es como si fuera un domingo cualquiera en El Carmel. El flamenco sale por las ventanas abiertas de algún edificio y huele a cebolla frita, ajo y perejil.

Está claro que no todos somos iguales pero es precisamente la diferencia la que nos hace ricos e inigualables. Los que nacimos en Cataluña, pero venimos de una familia de inmigrantes del sur de España, crecemos en un ambiente de conflicto continuo. Recuerdo que hace quince años nadie se cuestionaba si era catalán o era español. Simplemente éramos.

También recuerdo que el primer día de escuela de primero de primaria, mi profesora Lourdes nos dijo que "a partir d'ara, totes les classes es faran en català". Llegué a casa diciendo: "vaya rollo, no me voy a enterar de nada". Y después de eso ya no recuerdo que pasó, simplemente lo hablé y se acabó. Lo mismo le pasa a mi sobrino. Se niega un poco a hablar el catalán, porque es como si tuviera que aprender de nuevo a expresarse. Yo tuve la suerte de crecer sin esa lluvia de propaganda nacionalista barata hasta que fui más o menos adolescente. Es entonces cuando empezaron todos esos problemas nacionalistas y con ello, empezó mi crisis de identidad. ¿Pero qué le pasará a mi sobrino ahora, que tan sólo tiene seis años?

Artur Mas y todos los políticos catalanes de pacotilla, porque son todos una panda de mentirosos, cobardes y antidiplomáticos, están usando nuestra cultura como herramienta para ponernos en contra de las personas. Cuando pensamos en la independencia, al menos yo, pienso en perder de vista a esa escoria de PPSOE, y a todos esos casposos neofranquistas que chupan del bote. Pero en realidad es la sociedad la que, al fin y al cabo, acabará enfrentada, ni mucho menos los políticos. ¿Por qué nos estamos dejando lavar la cabeza de esta manera? ¿Es que han sido, acaso, los andaluces los que se han cargado Barcelona? No, han sido los políticos catalanes, señores y señoras.

La independencia es un discurso complicado que merece ser estudiado y reestudiado y no utilizado como principal arma política. Principalmente porque está la cultura de millones de personas en juego. Creo que, en lugar de poner barreras, principalmente habría que quitarlas. ¿Segunda lengua el inglés? ¿Más horas de español? Estudiemos todas las lenguas del territorio español desde que somos pequeños, estudiemos las diferentes culturas y tradiciones desde Galicia hasta Cataluña. Estudiemos el vasco, aprendamos a bailar sevillanas y a tocar la gaita. ¿Por qué no? Somos un país rico en lenguas, rico en tradiciones, rico en gastronomía... ¿Qué nos está pasando? ¿Dónde está la paz? ¿Por qué la guerra entre nosotros, ciudadanos? La guerra hay que hacerla contra los de arriba, no entre nosotros. Recuerden ésto y es lo último que digo:
EL PUEBLO, UNIDO, JAMÁS SERÁ VENCIDO.
y ésto otro:

DIVIDE Y VENCERÁS.


Willkommen, das ist MadeinBarna haciendo un paréntesis para reflexionar. 

Suenan: 

Los Chichos - Mejores éxitos
Manel - Atletes baixin de l'escenari /Full album

31. Jesus Loves You

Luz. Mucha luz. Estás en el suelo tumbada y sólo ves luz. Y delante de esa luz, Jesucristo te pregunta:

Are you ok? Hehh... Are you ok?

De tu estado de inconsciencia sólo recuerdas creer haber muerto y preguntarte si es cierto que la globalización ha llegado hasta el más allá y es por eso por lo que Jesús te habla en inglés... ¿Y si llegas a ser Ana Botella? ¿Cómo te hubieses comunicado con Jesucristo? Mm... qué lástima que no seas Ana Botella, eso significaría que... Bueno, menos mal que, al menos, Jesucristo no habla alemán. Eso te tranquiliza... morir y no poder comunicarte con Dios debe de ser una mierda. Aunque tú no crees en Dios... si no fuera porque se necesitan muchos papeleos para volverse agnóstica, ya lo serías. Quizás el hecho de no ser creyente es el motivo por el que le temes tanto a la muerte. Siempre tuviste pánico de la muerte. Desde muy pequeña, de hecho. El proceso siempre empieza así:

"yo, yo, bueno, tú, yo, tú, yo, tú que estás aquí, que soy yo, yo voy a dejar de ver, de sentir, de tocar. Yo, yo, yo..."

Y a cada 'yo' estás más dentro de ti, tan dentro de ti que te sientes más “tú” que nunca y tienes un miedo atroz a dejar de serlo. Dejar de vivir... En realidad, a ti la muerte no te da miedo, lo que te aterroriza es dejar de vivir. Que, aunque no lo parezca, son enfoques diferentes ante un mismo tema. Supones.

Curiosamente, ahora que crees que has muerto, sientes una paz y tranquilidad tremenda. “Ah... menos mal, todo ha acabado, ya no habrá que luchar más. Ya no hay nada ni nadie a quien impresionar. Ya no hay políticos de mierda, ni falsos ricos progresistas que creen que el hecho de votar a un partido de izquierdas y apadrinar a un niño chino soluciona el pecado de su estatus social. ¡Malditos hipócritas! Ya no hay nada de eso... Ni pedos, ni dolores de barriga, ni síndrome del colon irritable; adiós a los lavabos sucios, al “mierda, no hay papel”... Adiós a todo eso... ahora sólo toca dormir... qué rico... dormir... dormir...”. Y la luz y Jesucristo se difuminan con el terciopelo negro del sueño, que siempre lo envuelve todo.

Pero un rato después (no sabes cuánto rato después, sólo sabes que sucede después), te despiertas en tu cama. Nada más abrir los ojos, la jodida luz que entra por las enormes ventanas de tu habitación, te ciega. Sientes como si el enorme culo de alguna gorda funcionaria alemana estuviese sobre tu cabeza... tienes tanto dolor que el movimiento de tus ojos se ve reducido a 10º, con lo que sólo puedes mirar al frente. Y, ahí, delante tuyo, ves una guitarra apoyada en la pared. ¿Desde cuándo tienes tú una guitarra? Quizás es cierto que has muerto y en esta tu nueva vida sabes tocar la guitarra.

Te levantas para ir al baño a hacer pipí (malpensados) y de camino te miras en el espejo del pasillo y te ves un terrible grano en la frente. Después de ese grano, ves que tienes otros cuantos alrededor de toda la cara. Una expresión de terror se apodera de tu rostro. Recuerdas aquella mañana de primavera cuando ibas a cuarto de la ESO, aquella mañana en la que te despertaste en toda tu esplendor adolescente dispuesta a arreglarte para ir al colegio como si fueras a ir a la discoteca, te miraste al espejo y detectaste un grano en el labio, luego un grano al lado del ojo, luego un grano en la sien... y pensaste “qué coño pasa aquí”. Descubriste que esos granos eran inexplotables así que por inercia te quitaste la camiseta del pijama y tachán, toda tú estabas llena de enormes ronchas rojas. Mierda. Pensaste. La varicela. Adiós preciosa cara de piel turgente, eso pasa por ser tan presumida. Que todos los granos te salen en la cara. Y todos los niñatos se van a burlar de ti. Cruel adolescencia.

Así que ahora, enfrente de tu espejo de tu casa en Berlín, once años después, crees vivir un dejà vu. Con la cara convertida en una carnicería, haces pipí y vuelves a tu habitación. Y allí, sentado en tu cama, está Jesucristo.

- Ahhh!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
- What the fuck?- dice Jesus.
- What the fuck? What the fuck, you! What... Who... When... Why...???- y mientras intentas formular la pregunta correcta, las lagunas mentales de la noche anterior se van disipando-. Oh... no...

Te sientas en la cama, te frotas la cabeza y muy avergonzada por tu cara hecha un cristo, le preguntas a Jesús:

- Did we have sex last night?

Todavía no eres agnóstica, vas a ir directa al infierno por cometer actos sexuales con Jesucristo. Aunque si te quedaras embarazada MadeinBarna podría ser la biblia de la nueva era. El manuscrito del segundo origen, como el de Pedrolo pero con menos encanto. En mi biblia, Jesús fumaría marihuana, porque es precisamente lo que está haciendo mientras te responde:

-No... -, contesta mientras practica algunos acordes con esa guitarra misteriosa y repentinamente aparecida en tu habitación que, al parecer, es suya.

Te alivias, no porque no quieras tener nada con Jesús, sino porque es una lástima no recordar nada de una noche con ese bombón hipster de pelo largo y acento americano.

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30. "Torneu a casa, si us plau".

No hay casi nadie a las once de la noche en el Virchow Klinikum. Te atienden muy rápido. Te has cortado el dedo con una lata de aceitunas y lleva tres horas sangrando. El doctor es muy simpático y cuando se da cuenta de que tu alemán es macarrónico, pasa directamente al inglés. Te piensas que te van a coser la herida con cincuenta puntos pero lo único que hacen es presionarla con una tirita muy pequeña blanca. Cuando el doctor simpático se va, llega el enfermero. Es un alemán muy alto y fuerte, completamente rapado al cero, con todos los brazos tatuados y dilataciones bien grandes en las orejas. La enfermera que entra después para darle no sé qué papeles tiene el pelo teñido de azul. Te ponen la inyección del tétano y te hacen rellenar un montón de documentos. Mientras, el enfermero se traslada por la habitación arrastrándose con la silla de ruedas:

- Ahh... I love these chairs... -. Dice mientras te mira y te guiña el ojo.

Ya estás lista. Te ha vendado toda la mano izquierda para que, según palabras textuales suyas, “parezca todo más dramático”. Cuando llegas a casa, te cambias rápidamente porque hoy has preferido la vida social a la nevera menos vacía. Tus amigos se han ofrecido a invitarte a un par de copas, así que vas a salir para recuperar el tiempo perdido.

Pasáis la noche en un bar perdido de Neukölln. Nada más entrar, una bocanada de humo de cigarro os da la bienvenida. Os adentráis en el bar, escudriñados por la mirada de unos cuantos viejos alemanes que juegan a las cartas. Al fondo, una gran mesa ocupada por grandes mujeres alemanas que beben cerveza y juegan a los dardos. Las grandotas mujeres alemanas os miran con recelo, pero poco a poco se hacen amigas y acabáis echando unas cuantas partidas juntos. Como siempre, un par de cervezas se convierten en muchísimas, tantas, que es imposible de recordar.

Gracias a la alineación de los planetas, el invierno berlinés no ha durado mucho. A excepción de esas dos o tres semanas de -20 y pico grados, este año la temperatura se ha mantenido constante desde finales de agosto.

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29. Cada día es un domingo de Plaza Cataluña.

Berlín es una ciudad fea. Puede que a alguien le guste porque, contra gustos, no hay nada escrito. Pero objetivamente, Berlín es una ciudad fea. Y sucia. Aunque los primeros días de nieve, siempre parece mucho más bonita de lo que es. El manto blanco cubre todas las imperfecciones de la ciudad (quizás sea precisamente su imperfección lo que la hace atractiva y especial) brindándole una pureza y claridad que levantan el ánimo, entre montones de carteles fluorescentes que se caen por su propio peso de todas las paredes; y mierdas de perro congeladas debajo de la nieve. El viento helado de los días de invierno corta la piel y el vaho de tu respiración se congela en la bufanda que te cubre prácticamente toda la cara. Pero no pasa nada porque son estas pequeñas cosas las que te hacen sentir viva. Sigues sin saber qué esperas de la vida, o más bien qué esperan los demás de ti. Sigues confundiendo si tus objetivos están marcados según tus verdaderas inquietudes o si sólo responden a un individualismo despiadado y a un sentimiento continuo de éxito y admiración. Piensas que Berlín no está demasiado lejos cuando se trata de escapar. Pero piensas de nuevo: no importa lo lejos que vayas si se trata de escapar de ti misma.

Cada vez que pisas el suelo alemán, nada más salir del avión, tienes la sensación de abandono. A tu suerte te quedas al manejo de una sociedad a la que no entiendes y que no te entiende. Y nunca mejor dicho. Y en sus manos queda tu futuro. En las manos de sus políticos se queda tu futuro, porque los que gobiernan en tu país te entienden menos que la cajera del Penny de Kottbusser Damm.

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28. Los días que vendrán

Estás en unas escaleras sentada, en tu barrio de Barcelona. Pero estás en Berlín. Es lo que pasa cuando sueñas, que tu cerebro mezcla cosas, sitios y personas sin importarle absolutamente el orden, la jerarquía o la fraternidad. Así que estás en tu barrio, pero estás en Berlín. Hablas de todo y de nada con el Chico Berlinés. Él está delante de ti, de pie, a ras del suelo. Y tú estás sentada unos cuatro o cinco escalones más arriba. De repente, después de llevar un buen rato diciendo tonterías que ahora no recuerdas, el Chico Berlinés pega un brinco y se sienta a tu lado mientras te dice:

Chico Berlinés: Hey... realmente me siento muy mal por lo que te hice...

Tú permaneces quieta, callada, con la sonrisa siempre en la boca.

Chico Berlinés: me dejé llevar... y la cagué.

Tú le miras, su rostro de sombrerero loco está más dulce que nunca. Os abrazáis muy fuerte. Sus ojos pardos son lo último que ves antes de despertarte, con el corazón encogido.

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27. La Conversación

Estás en un balcón en el barrio de Gracia. Estás apoyada en la baranda, asomando medio cuerpo a la calle y tienes los ojos cerrados. Respiras el aire de Barcelona, ese aire tan húmedo y con ese olor tan denso y característico. Los rayos del sol del atardecer que está a punto de esconderse tras los edificios de enfrente, te dan directamente en la cara. Intentas prolongar el momento hasta el infinito. Por ahora, quieres estar ahí un rato más. Aunque quisieras alargar ese ratito para siempre. Pero una voz desde el interior te despierta de tu ensoñación diurna. 

"Él": ¿Por qué no entras?
Tú: Porque llevo muchas semanas sin ver...
"Él": El sol. Cierto, se me olvidaba...

Y entonces sonríe mostrando sus dientes perfectos y blancos. Achicando sus pequeños ojos, hasta que se convierten en dos pequeñas rallitas. 

Todo lo que empieza acaba. De un modo u otro, mientras estemos vivos no van a acabar para siempre, pero al menos podemos poner un punto y a parte. Por eso has comprado un billete a Barcelona. Un viaje exprés. Necesitas aclarar por qué llevas ocho meses esperando a que suceda algo. Has dado un sentido poético a vuestra historia. Y la poesía sólo está en la cabeza del autor. Sólo está en tu cabeza.  

Ahora estáis en la Plaça de la Vila de Gracia tomando un café. No recuerdas exactamente la conversación. Siempre tienes lagunas cuando intentas recordar las cosas importantes. Parece ser que es un defecto de tu gran imaginación: si olvidas todo, lo único que puedes hacer es inventar. Y eso es un poco lo que te ha pasado con Él. Que te lo has inventado todo, o al menos eso es lo que Él te dice cuando cae la noche y seguís en la misma plaza, ahora sentados en un banco porque el bar ya ha cerrado. 

"Él": Dime qué es lo que ha cambiado para que estés tan dispuesta a querer algo conmigo. 
Tú: No sé, estábamos en tu cama... la última noche... Y te miré a los ojos y entonces tu cara cambió. Y me enamoré. Ya sabes que nunca me has gustado. Es más, siempre te he odiado. Pero supongo que ahí te vi tal y como eras, no sé, con tus amigos... entré en tu vida y me gustaste. Te puedo asegurar que yo sólo iba de turismo sexual. Hacía seis meses que no echaba un polvo...
"Él" (interrumpiendo): Bueno, estos detalles te los puedes ahorrar, si quieres...
Tú: Nono, pero, en serio, te lo digo en plan colegas y tal. Hacía mucho tiempo que no echaba un polvo y yo sabía que tú eras un blanco perfecto. Siempre disponible, siempre diciéndome lo guapa que era y todo eso. Bueno, qué puedo decir, si eres italiano... En fin, que me compré un billete a Roma para follar. Pero te conocí mucho, me gustó mucho tu vida, me gustó mucho cómo tratas a tus amigos, lo que piensas y... allí, esa última noche, mientras me decías que jamás alguien te había mirado como yo te miraba... Mientras me decías que cuando yo te miraba te sentías desnudo... pues ciertamente te vi desnudo. Desnudo de cuerpo y desnudo de alma, no sé si me entiendes. Y entonces, te vi guapo. Siempre te había visto feo pero esa noche tu cara cambió, te lo juro, tus ojos hicieron algo así como "chinchín" y se movieron y te vi guapísimo. Como en esa peli. Y entonces me enamoré. Y ya está. Podríamos decir que me enamoré primero de una mente y luego de tu cara. 
"Él" (sonriendo, como siempre): Vaya, qué curioso... sí, sí, es verdad que me sentí muy bien esos días...

Silencio.

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26. La Rote Karte y el chorrito feliz.

Quien algo quiere, lo hace saber. Y de Él no sabes absolutamente nada. La sabiduría del silencio, eso es lo que tienes de Él. Tienes que acabar con esta historia de una vez. Pero por suerte ya has conseguido librarte de algo: de tu antiguo piso. Un mes más con esos hippies snob y podrías haber acabado tirándote por el balcón. Evidentemente todos dirían que estabas loca y decidiste acabar con tus problemas. Pero la verdad distaría mucho de esas palabrerías: tu único problema eran ellos. Ellos te volvieron loca. 

Sólo hay algo que vas a echar muchísimo de menos de tu antiguo piso y es el chorrito feliz. O comúnmente llamado "bidé japonés", el cual adorabas porque a parte de ahorrar en papel higiénico, mantenía fresquitas y limpitas tus partes pudendas. Otra cosa fue el día en el que controlaste mal la temperatura. A parte de sufrir dislexia torpe y descontrolada entre la izquierda y la derecha, a veces también confundes que el azul es para el frío y el rojo es para el calor. Así que pusiste la palanca a tope en el rojo. Entonces se originó lo que podríamos decir otro tipo de relación conductista con el chorrito. Porque achicharrarse el ojete es algo doloroso. Muy doloroso. 

Ahora que vives un poco más lejos de tu trabajo, tienes que recurrir al preciado transporte público para trasladarte. Y esperar al Ubahn un domingo a las nueve de la mañana es lo más desalentador del mundo. Mientras tú vas a trabajar, el resto de los mortales -aunque ahora poco tienen de vivos, más bien son una especie entre no-muertos y yonkies- vuelven a sus casas -o a las casas de otros- después de una seguramente intensa fiesta berlinesa. La chica de al lado se fuma un cigarrillo detrás de otro. Ya sabes que para ti, el tabaco es un laxante. Así que te empiezas a incomodar en los fríos y feos asientos metálicos de Kottbusser Tor. Te entran ganas de cagar. Y como ayer bebiste hasta que convertiste tu sangre en vino -vaya, esta historia te suena-, también ahora y por culpa del humo del cigarro, te entran ganas de vomitar. Respira. Respira. Uff. Uff. 

Por otra parte, tu trabajo no está mal. Después de intentar ganarte la vida enviando currículums a diferentes bares y restaurantes españoles y sólo recibir negativas, un día encontraste tu lugar en un pequeño café de Friedrichshain. Tu alemán macarrónico mejora constantemente y tus jefes alemanes te tratan mejor que cualquier jefucho español engreído afincado en Berlín.

Así que ahora que ya tienes trabajo, ya cotizas en la vieja Alemania. Tu tarjeta de sanidad ha pasado de tener el logo de Catsalut a tener un Vitruvio muy mono; y tu carné de manipulador de alimentos se llama Lebensmittelpersonalhygiene -también llamado Rote Karte: Tarjeta Roja-. Para obtener la Rote Karte no hace falta nada más que estar empadronado en Berlín -Anmeldung-, llevar tu pasaporte y 20 euros; y demostrar que tienes el suficiente nivel de alemán como para entender el 100% de un vídeo que básicamente te enseña a cómo es de importante el lavarte las manos después de limpiarte el culo. Y eso es algo con mucha lógica y sentido para ti, ya que te pasas el 30% de tu tiempo en el baño. 

Y si ahora tu nivel de alemán es muy malo, cuando fuiste a obtener la Rote Karte, era bajo cero. Así que la cerda de la funcionaria gorda y malfollada te echó de la oficina y te dijo que volvieras de nuevo con alguien que te pudiera hacer de traductor, ya que tenía que asegurarse de que los conocimientos higiénicos que tan bien enseñaba su asqueroso vídeo quedaban completamente entendidos. 

Tú: But I need it for my job! I'm starting tomorrow! 

Cerda Malfollada: Of course you need it! 

Tú: So?

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25. Lost in location.

Vaya. Haces repaso de todos tus ligues y exnovios. No se salva ni uno. Entre un cocainómano empedernido a punto de maltratarte psicológicamente; un italiano infiel (¡Ja! ¡menudo pleonasmo!) hasta la médula, perverso y bastardo con aspecto de turco buenorro; un par de niñatos postadolescentes al estilo de Kurt Kobain; un par de calzonazos gilipollas, agobiantes y excesivamente llorones; un gabacho estúpido y analfabeto; y un alemán idiota... parece que tienes la suerte en el culo. Más vale que te dediques a cagar, que es lo único que sabes hacer a la perfección. Has cagado en tantos sitios y en tantas situaciones que ya eres una experta en la materia, lástima que tu culo se sienta a veces molesto. Hay unas cosas que se llaman almorranas que, como las exs, no te suelen caer nada bien.

¿Pero qué pasa con Él? ¿Dónde lo incluyes? ¿En el bando de los subnormales empedernidos o en el de los cobardes asquerosos? Vamos a dejarlo en standby. El jodido Él ha jugado con tus sentimientos, podríamos decir, con mayor crueldad que ninguno de los anteriores mencionados. Sin embargo, lo ha hecho tan silenciosamente y a lo largo de tantos años que pasa casi imperceptible. Realmente, quisiste decir al chico berlinés lo que realmente sentías por Él. Debiste haberle hablado de Él. Pero no lo hiciste. Supones que porque de las cosas importantes, jamás se habla. Ya tienes la cabeza hecha un bombo. No sabes si sigues queriendo apostar por pasar más de diez noches juntos... o simplemente dejarlo pasar. ¿Tiene sentido? Si se largó como todos los cobardes hacen. Pero estás segura de que algún día pensará... ¿Qué será de aquella chica...? Ah... pensamientos de viejos. Simplemente serás su pensamiento de viejo. Pues vaya mierda, qué poco reconfortante.

Estos días de septiembre, por no tener, no tienes ni patria. Extraño sentimiento el de un charnego en el extranjero. Cuando estás en Barcelona, no te sientes catalana. ¿Catalana de qué? Si aprendiste el catalán correctamente pronunciado a los 23 años. Si no tienes ni idea de las provincias de Cataluña, te pusiste “enferma” ese día en el cole... Si celebras La Mercè porque hay conciertos. Si de catalán, lo único que has comido es la butifarra (mal pensados)... Y después, en el extranjero... pues para simplificar dices que eres española. Ya se sabe, la teoría de la Gestalt: el todo, es mayor que la suma de sus partes. Y cuando te dicen “ole, ole”, pues entonces la vena se te hincha. Porque si eres española no es para ser andaluza, sino para ser catalana. Así que a lo mejor eres catalana. Una catalana española. Una catalana a secas... Pero entonces, si sólo eres catalana... ¿dónde dejas tu 75% español? A decir verdad, guapa, estás muy perdida. Ya no sólo tienes crisis de identidad, económica y sexual, sino que no te aclaras ni de tu lugar de procedencia. Lost in location, podríamos decir. Quizás deberías irte una noche a un karaoke, ponerte una peluca rosa y esperar a ver qué pasa.

Al fin y al cabo, la marca España te ha crucificado en Alemania como al resto. A veces tienes ganas de hablar el esperanto para que nadie te encasille. 

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24. Ten cuidado con los guapos de lejos.

Te despiertas en una cama que no es la tuya. Es la cama del Guapo. Te despiertas de madrugada, te vistes y te vas. Para dormir como en tu casa y no estar en tu casa, para eso duermes en tu casa y, así, al menos, puedes tirarte todos los pedos que quieras. Porque el Guapo es tan alemán que no duerme abrazado y tiene su propio edredón por si un caso se te ocurriera hacerlo a ti y entonces lo tuvieras tan difícil que te diera pereza y lo dejaras estar. Maldito alemán. Por eso mismo te levantas, te vistes y te largas. Total, el BusNit berlinés te deja cerca de casa.

Llevas mucho tiempo sin saber nada del chico berlinés. Y, aunque sea un pitufo, blancucho, excéntrico y adore los rabos tanto como tú, le echas de menos. Follar con el Guapo se ha convertido en algo mecánico. Mientras lo haces, tienes la cabeza en muchos sitios. Y ninguno de ellos es él. Te obligas a volver a la tierra para contemplar a ese metro noventa de músculo alemán. A ese pedazo de rubio que ahora se mueve a tu antojo debajo de ti. Pero nada. Al poco rato vuelves a pensar en nada. Porque, ¿en qué piensas? No piensas en nada, simplemente follas como por inercia. Como quien camina una ruta conocida. Como quien trabaja todo el rato haciendo lo mismo. Como los turcos que cortan la carne del kebab con el cuchillo: follas por automatismo. Digamos que no tienes apetito sexual con el Guapo. Y no porque el chico sea feo, que no lo es. Para nada en absoluto. Simplemente sucede que el apetito sexual se ha marchado. Tienes la libido por los suelos. Desde que estás en Berlín, a decir verdad, has dejado de sentir las típicas ganas que uno tiene normalmente antes de practicar el acto sexual. Ese mareo, esa borrachera. Esa mirada embriagada de sexo que uno o una normalmente tiene en los momentos previos. Nada. Aquí eso no existe. Con tus amigos, tienes la teoría de que es la propia ciudad que, de alguna manera, hace bajar la libido a las personas. Porque a ellos también les pasa. El ambiente es tan seco, que por secar ha secado hasta a tu vagina.

Jum...

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23. El Guapo.

Has pasado un mes en estado de shock. La situación gay de tu “nada serio” te ha provocado una ausencia de todo. ¿Cómo no lo descubriste antes? A decir verdad, tenías sospechas. Siempre había actuado de una manera un tanto femenina y llevaba bolso al hombro. ¿Qué hombre heterosexual lleva un bolso al hombro? Bueno, vale, puede que sea una moda... pero... Además, recuerda la primera noche que pasaste con él. ¿No te dio la bienvenida a su “hotel” muy afeminadamente? ¿No lo notaste? ¿Pensabas que era sólo un excéntrico? ¿Dónde coño tienes tu instinto de mujer? En fin. Maldito marica. Quisieras llenarle el cuello de polvos pica pica.

Pero no tienes rabia, ni le odias. ¿Por qué ibas a hacerlo? Tú no eres homófoba. Tienes muchos amigos gays. Mierda. Espera. Eso es lo típico que dicen los racistas cuando dicen que no son racistas: “yo no soy racista, tengo un amigo negro... ¡pero el resto a su puto país!”. De acuerdo. Puede ser verdad que te joda que a tu “nada serio” le gusten las salchichas de la misma manera que a ti. De hecho, te jode mucho. Pero no es porque seas homófoba, sino más bien porque es algo contra lo que no puedes luchar. Tú no tienes salchicha y, de momento, no planeas tenerla. Así que... hay que aceptarlo o retirarse. Este mes has estado más bien en la fase de retirada. No has querido llamarle y él tampoco lo ha hecho. Así que para ti, el Chico Berlinés ha muerto para siempre enterrado en su piso de Neukölln. ¿Porrr quééééééé? Maldita mala suerte... 


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22. El nudista bisexual

Te despiertas en una cama que no es la tuya. (Nuevamente). Abres los ojos y encima tuyo lo único que hay son ramas de árboles. Lo primero que haces es preguntarte si estás viva. Te tocas la cara y te pegas una pequeña hostia para cerciorarte. Bueno, por lo que parece, aún no has muerto. Fantaseas con la idea de ser Jack en Lost. Aún tumbada, miras a tu alrededor pero sólo ves hojas verdes. Ningún resto de avión. Beh, dices adiós a la idea de acostarte con Sawyer en la jaula para osos polares. No estás en ninguna isla perdida. Al menos, no literalmente. El suave viento de la mañana mueve las verdísimas hojas encima de tu cabeza. A contraluz, son de un verde precioso. ¿Dónde estás? ¿Qué coño pasa aquí? Una música se escucha a lo lejos, concretamente, por debajo de ti. Ohh, fuck. La cabeza te da vueltas. ¿Cuántos turbomate te bebiste ayer? Ni recuerdas la cantidad de vodka que ingeriste, ni tampoco las veces que chupaste el dedo espolvoreado de blanco del chico berlinés. Vagas imágenes van inundando poco a poco tu memoria. Te enderezas. Y entonces lo entiendes todo: estás en una cama en los árboles. Y a tu lado duerme lo poco que queda del chico berlinés. Sus ricitos descansan sobre su frente y su boca permanece ahora ligeramente entreabierta. ¡Pero qué monaaaada!

Aunque te estás cagando, decides no bajar de la cama por dos razones muy ligadas entre ellas: una, no quieres matarte. Dos, no quieres hacer el ridículo. Tú no estás hecha para este tipo de cosas arriesgadas. Una cama en los árboles a tres metros de altura del suelo puede ser una trampa mortal para una torpe como tú. Así que te quedas apretando el culito al lado del chico berlinés. Intentas volver a dormir pero es imposible. Porque el turbomate es peor que cualquier droga. Cada vez que intentas cerrar los ojos, se te mueve un nervio de la frente que te imposibilita la tarea. Vaya mierda. Pues, no sé, vamos a observar un poco qué es lo que se cuece por ahí abajo. Piensas.

Abrazada al chico berlinés, apoyas tu cabeza en su pecho y observas a la gente que camina por el jardín de la Funkhaus recién despierta o todavía sin haberse ido a dormir. Algunos y algunas se tiran al río desnudos y luego pasean en bolas. Ciertas pedorras miran hacia arriba y llaman al chico berlinés por su nombre. Tú las miras sonriendo cínicamente como diciendo “sí. sí... está conmigo”. Malditas féminas. Son todas unas cerdas, guarras, acosadoras. ¿Es que no has meado lo suficientemente fuerte alrededor del chico berlinés? Te has pasado la noche sufriendo de celos porque a cada dos pasos, alguna petarda se le tiraba al cuello a decirle no sé qué sobre no sé cuántos. A saber... no tienes ni puta idea de alemán. Podrían estar incluso hablando de los maravillosos polvos que echan juntos sin que tú te enteres. Y por eso tus celos aumentan con el paso de las horas.


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21. Conflicto amoroso.

El GPS del movil de tu amigo dice que hay que atravesar el bosque. La línea azul que simula el itinerario hasta el festival lo dibuja bien claro.

Tú: A ver, no puede ser. No puede ser que tengamos que atravesar el bosque.

Tu amigo: Bueno, ¿ves alguna otra calle por aquí?

Y es cierto. La calle se acaba. El único desvío es esta pequeña y oscura entrada hacia un camino mucho más pequeño y oscuro entre un montón de árboles malvados.

Tú: No puedo hacer esto. No puedo. Me voy a cagar del miedo. En serio.

Tu amigo: (reprimiendo las risas) que no pasa nada, ya verás. Si somos tres. Y estamos en Berlín. Aquí no pasa nada. Además, tenemos móviles.

Pero en esta ocasión los móviles solamente tienen una función y es la de alumbrar el camino. Regattastrasse está más lejos y escondida de lo que creías. No hay ni una puñetera luz alrededor. Decir que está todo a oscuras es demasiado poco. La gran masa de árboles os espera. El estrecho camino cuesta abajo está lleno de baches, piedras, árboles y arbustos que tenéis que ir esquivando. No sabéis cómo ni por qué vais eligiendo un desvío u otro en las diferentes bifurcaciones con las que os vais encontrando. Porque esos pequeños cambios en el camino el GPS no los contempla. Para él es todo una línea recta.

Durante el lúgubre paseo, una chica en bicicleta os pasa por el lado. Chillas del susto. Y ella se disculpa. ¿P...Per...Pero cómo puede ser posible que vaya sola por este sitio? ¿A estas horas? ¿A oscuras? Sencillamente, los berlineses están hechos de otra manera.

Tú: ¿Estáis seguros de que este es el camino que tenemos que coger? ¿No te habrá pinchado el móvil un serialkiller y simplemente estamos yendo hacia la boca del lobo? ¡No puede ser que un festival esté tan escondidoooo! ¿Y si vas borracho? ¿O en silla de ruedas? ¿Cómo coño lo haces para llegar?

Tus amigos simplemente pasan de ti. Te dejan sola con el monólogo. Y después de un largo rato, por fin, por fin, por fin, llegáis a Regattastrasse. Hay gente caminando por la calle. Menos mal. Todavía os quedan unos cien números por caminar pero, a pesar de la distancia, ya se puede escuchar el chumchum del techno.

Cuando llegáis a la entrada de la Funkhaus Grünau, unos chicos muy amables os reciben y os ponen una pulserita de estrellas en la muñeca, a cambio de diez euros. Con esta alhaja de plástico ya tenéis libre acceso hasta el domingo por la noche. La mayoría de sitios rave o discotecas en Berlín parecen mataderos o casas malditas. Todo está como destrozado por dentro y lleno de graffitis. Aquí lo de la fiesta tipo pija y rica no se lleva nada. Y eso es algo que te encanta porque no eres ni pija, ni rica. Qué suerte... o qué putada, depende de cómo lo mires, claro... Paseáis por los diferentes pasillos de la Funkhaus. muchas personas salen y entran de golpe en los lavabos. Otras simplemente están por ahí pululando como zombies. Menos mal que Berlín es una ciudad segura dentro de lo que cabe. Con tanta droga y tanto drogado, caminar por las calles oscuras y desiertas a ciertas horas de la madrugada (por no decir, atravesar un jodido bosque) sería un suicidio directo.

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